Chuck Berry y la guitarra que viajó al futuro

Un objeto que no es solo un objeto

Hay instrumentos que condensan épocas enteras. La Gibson ES-355 de Chuck Berry, la semi-hueca de cuerpo rojo vino que lo acompañó desde los años setenta hasta el final de su vida, es uno de esos objetos. No es una guitarra famosa por pertenecer a un famoso. Es una guitarra que fue, literalmente, el vehículo de una de las transformaciones culturales más profundas del siglo XX.

Berry nació en 1926 en St. Louis, Missouri, en un país donde la segregación racial no era un residuo del pasado sino el presente cotidiano. Creció en una América con fuentes de agua separadas por raza, con vagones de tren separados, con clubes donde los músicos negros tocaban para públicos blancos sin poder sentarse en la misma mesa. Y desde ese contexto, construyó el lenguaje guitarrístico que define el rock and roll.

El sonido que nadie había escuchado

En 1958, el mismo año en que Gibson presentaba la ES-335, el primer modelo semi-hueco de producción masiva de la historia, Chuck Berry grababa en Chess Records, en Chicago, «Johnny B. Goode». La canción salió ese mismo año y reescribió las reglas. Aquel riff de entrada, seis notas sobre las cuerdas graves, era blues puro y al mismo tiempo algo completamente nuevo: agresivo, eléctrico, veloz, democrático. No hacía falta saber música para entenderlo. Solo hacía falta tener oídos.

Berry no inventó el blues ni el rhythm and blues. Pero hizo algo más difícil: los sintetizó en una forma que cruzaba fronteras raciales en un momento en que América se resistía activamente a hacerlo. Las emisoras de radio blancas no ponían música de músicos negros. Las discográficas grandes ignoraban el R&B. Y aun así, la juventud blanca americana encontró «Maybellene», «Roll Over Beethoven» y «Johnny B. Goode» y los hizo suyos. No por apropiación, sino por atracción gravitatoria: aquella música tenía una fuerza que no se podía contener.

El template que todos copiaron

Keith Richards lo dijo sin rodeos: «Chuck es el padrino de todos nosotros.» No era un homenaje de cortesía. Era un diagnóstico técnico. Los riffs de Berry, sus cambios de acorde en dobles cuerdas, su fraseo rítmico, su manera de combinar melodía y percusión en una sola guitarra, fueron el manual no escrito que estudiaron, desmontaron y reensamblaron todos los guitarristas de los años sesenta. Richards lo hizo con los Rolling Stones. John Lennon declaró que si el rock and roll tuviera otro nombre, se llamaría Chuck Berry. Jimi Hendrix, con una estética radicalmente diferente, venía del mismo tronco.

Y luego está el duck walk: ese desplazamiento escénico hacia delante con las rodillas semiflexionadas y la guitarra disparada al frente, que Berry inventó por accidente en un concierto de los años cincuenta al intentar disimular una arruga en la chaqueta, y que se convirtió en el primer gran gesto visual del rock. Antes de que Mick Jagger se moviese por el escenario, antes de que Pete Townshend girase el brazo, había Chuck Berry caminando como un pato por los escenarios de una América segregada, y el público enloquecía.

La guitarra que viajó al futuro

En 1985, Robert Zemeckis rodaba una escena que quedaría grabada en la memoria colectiva de generaciones. Marty McFly, el personaje de Michael J. Fox en *Back to the Future*, coge una Gibson ES-345, la hermana casi gemela de la 335 y la 355 de Berry, y toca «Johnny B. Goode» en el baile del Encantamiento Bajo el Mar. El año en la ficción es 1955, el mismo año en que la canción todavía no existía. El gag temporal es genial, pero lo que hace la película, conscientemente o no, es certificar que «Johnny B. Goode» era ya en 1985 una pieza de arqueología cultural, una canción que todo el mundo reconocía como el ADN fundacional del rock.

La conexión es directa con lo que en el Museu del Rock llamamos «Avançats al seu temps»: la idea de que ciertas obras y ciertos instrumentos existieron en su momento pero su significado continuó creciendo mucho después. Berry no vio el beneficio económico real de su trabajo durante décadas, pero sí vio cómo su música atravesaba el tiempo y le volvía en forma de tributos, versiones y películas de Hollywood. Actuó mensualmente en el club Blueberry Hill de St. Louis hasta bien entrados los ochenta años. Murió en 2017 con 90 años, y fue enterrado con su ES-355. El círculo se cerró.

Por qué los instrumentos explican la historia mejor que los libros

Una guitarra es un objeto mudo hasta que alguien la toca. Pero cuando ese alguien es Chuck Berry en un estudio de Chess Records en 1958, cuando el contexto es una América dividida por el color de piel y la música es el primer campo donde esas fronteras empiezan a erosionarse, entonces la guitarra deja de ser madera y metal y se convierte en evidencia histórica.

En el Museu del Rock de Barcelona preservamos instrumentos legendarios porque creemos que la historia del rock es, ante todo, la historia de una revuelta cultural, social y política. No es nostalgia. Es la comprensión de que el siglo XX, con todas sus tensiones y transformaciones, se puede leer a través de una cuerda vibrando y un amplificador encendido.

Si quieres ver de cerca los objetos que cambiaron la historia del sonido, te invitamos a visitar el museo. No para hacerte una foto, sino para entender de dónde venimos.

rockmuseumbarcelona.com